Historia de Lukantum Producciones

 

Cuando me senté a escribir este texto, con la intención de contar de una forma sencilla y cercana sobre cómo y por qué nació la idea de Lukantum, lo primero que me vino a la mente fue la imagen de aquella niña, de catorce años, que con sus deslumbrantes ojos azules, y su constante afán por aprender cada día un poquito más, me guardaba una maravillosa sorpresa.

Me remonto a la década de los noventa. De lunes a viernes, y a la entrada del colegio –de un barrio marginal, donde el absentismo escolar era altísimo, y el interés por estudiar resultaba proporcionalmente opuesto–, la veía a diario, sobre las tres de la tarde. Entre tanto desorden, resultaba agradable ver como, de forma discreta y equilibrada, entraba al colegio, no sin antes acercarse a mí y a mi compañero a saludarnos y compartir alguna situación agradable o curiosa.

Lo que, por desgracia, no sabíamos, es que su verdadera necesidad, no era otra más que intentar encontrar un momento positivo en su vida. Tuvieron que pasar dos años para que, a través de una llamada telefónica, casi motivada por el azar, me hiciera saber que esa sonrisa, ese deslumbrante brillo que irradiaban aquellos preciosos ojos azules, esa constancia para el camino que debía recorrer en busca de la meta que se había marcado en la vida, no eran más que el producto del caparazón que ocultaba una dolorosa realidad.

Pero, como dicen, no hay mal que por bien no venga. Aquel sufrimiento, fue el que nos empezó a unir y le abrió una importantísima puerta.

Todavía recuerdo las innumerables conversaciones a la vuelta de la esquina de su casa. Yo, con la incertidumbre de estar haciendo lo correcto o no. Ella, agarrándose a mí como quien cuelga de una liana sobre un precipicio de… de cientos de metros de profundidad. Nunca la quise soltar, porque sabía que, apostar por ella, aunque tuviera que apostar lo que fuera, era apostar por una victoria asegurada. Aun en los momentos de mayor abatimiento que se reflejaban en su rostro, mantenía su mirada de vencedora, aunque las lágrimas intentaran ocultarla. Su abatimiento, su llanto, mantenían firme y constante una dureza en la vida digna de elogiar.

Hicieron falta algunos meses para encontrar la salida que no veíamos, la luz en ese oscuro túnel. La apuesta por el cambio era fuerte, muy fuerte ¡Qué miedo pasamos! Recuerdo que era una tarde de primavera, y el cambio se planteó... y ejecutó. Ni dos palabras más hicieron falta.

Y, así, fueron pasando los años. Uno tras otro. A veces, con meses y meses sin contacto. Pero sabiendo que estábamos los dos, ella allí, yo aquí, pero seguíamos juntos.

Y, como suele ocurrir en la vida, llegó el momento en el que yo la necesité. Y, nuevamente, el azar hizo que, tras más de un año sin tener contacto, coincidiéramos. En ese momento, era yo el que se encontraba colgando de aquella liana. Y ella la que me tendió su mano, y con el brillo de sus ojos, y su profunda y agradable sonrisa, me acompañó durante varios meses duros, muy duros; seguramente los más duros de mi vida y con las experiencias más desagradables que nunca habría imaginado. Con casi toda seguridad, mis sensaciones, eran parecidas a las que ella vivió años atrás.

Llegó a dejar sus obligaciones por estar a mi lado, por acompañarme en esos amargos tragos que, día a día, vivía. Y con el único afán de distraerme, de sacarme de esa “mierda”, me introdujo en el mundo del cine. Compartimos películas de grandes realizadores, me habló de hasta dónde había llegado con esa constancia que había visto en su preciosa mirada. Vimos sus cortometrajes, algunos con secciones oficiales en festivales de cierto renombre y cuyo guión y dirección había compartido con alguien que, como suele ocurrir entre genios, le había traído mil y una aventuras. También me habló de sus actores, preparados a través de su grupo de teatro “Rotos y Descosidos”.

No podía dar crédito al tremendo trabajo que, aun con las tremendas dificultades contra las que había tenido que luchar, había desarrollado. ¿Cómo nos podemos considerar tan débiles y, a la vez, ser tan fuertes?

Pero necesitaban un impulso. El mayor presupuesto para alguno de sus cortos, había sido de 50 euros. Necesitaban capital para poder avanzar en el mundo cinematográfico. Y había talento suficiente que tan sólo precisaba de algo de inversión para darle proyección.

La apuesta, por mi parte, era fuerte. Aun cuando la inversión fuera mínima, para mi situación económica suponía una tremenda apuesta, con la que me jugaba muchísimo. Pero, nuevamente, igual que hacía varios años, creí plenamente en ella. Sólo me faltaba conocer si podía creer en el resto de personajes que conformaban ese grupo. Dos días estuve con todos. Fueron suficientes para saber que, no sólo había calidad humana, sino también muchas ganas de trabajar serio, y poner todo el ímpetu y esfuerzo que hiciera falta.

Y tras un primer trabajo, el cortometraje “El Gancho”, nos embarcamos en el primer proyecto verdaderamente ambicioso, el largometraje “Myna se va”.

Con él, Lukantum Producciones inicia su andadura en el mundo cinematográfico. Ahora, ya montado el largometraje, con lo gratificante que ha resultado su experiencia, sólo queda esperar la aprobación, tanto de los festivales, como del público al que podamos llegar con su mensaje.

Esperamos con este proyecto cinematográfico se cumpla la enseñanza que, junto a ella, aprendí: “La vida consiste en sembrar, y no desesperar para cosechar”.

 
               Javier Albarracín
               Productor Ejecutivo
               Lukantum Producciones